El deseo de servir surgió de una experiencia sencilla pero poderosa. Acompañé a dos élderes a dar una charla a una amiga y su familia. Al escucharlos testificar con el Espíritu, sentí una paz que no podía explicar. Vi cómo sus rostros brillaban mientras compartían su testimonio y comprendí que todos tenemos la luz de Cristo con nosotros. A veces no sabemos cómo reconocerla ni cómo alimentarla, y por eso Dios pone personas en nuestro camino. Ese compañerismo de los élderes me ayudó a reconocer mi propia luz y a entender mi valor ante los ojos de Dios (D. y C. 18:10).
Decidí servir para hacer crecer esa luz y ayudar a otros a sentir la presencia de Cristo. Los primeros meses no fueron fáciles: adaptarse a la vida misional fue un reto. Sin embargo, al poner mis ojos en la gloria de Dios y seguir los consejos de mis líderes, mi vida se llenó de gozo. Las dificultades se hicieron más llevaderas y las experiencias más significativas. Establecer metas personales me ayudó a mantenerme enfocada.
Al reflexionar sobre mi misión, lo primero que siento es amor. He experimentado el amor incondicional de un Padre Celestial que guía cada paso. También aprendí la importancia de ser responsable de mis decisiones y comprendí mejor lo perfecto que es el plan de felicidad. Otro aprendizaje fundamental fue reconocer el valor del sacerdocio, que bendice, sana y consuela. Como enseñó el élder Robert D. Hales: “Si el poder del sacerdocio no estuviera sobre la tierra […] 'toda la tierra sería totalmente asolada' (véase Doctrina y Convenios 2:1–3)'.[1]
[1] Robert D. Hales, “Las bendiciones del sacerdocio”, Liahona, enero de 1996, pág. 36.
La misión me cambió profundamente. Aprendí a ser constante, a fijarme metas y a ejercer la fe en Jesucristo. El valor de las almas se me hizo claro y entendí mejor el gozo de compartir el Evangelio. También aprendí a escuchar con sinceridad y a reconocer las impresiones del Espíritu Santo.
Ahora deseo seguir creciendo en mi discipulado, alinearme con la voluntad de Dios y vivir una vida llena de felicidad junto a mi familia. Dios nos invita a adquirir conocimiento por el estudio y por la fe (D. y C. 88:118) y eso forma parte de mis planes. Si un joven me preguntara si debería servir, mi respuesta sería: ¡Sí! La misión es una oportunidad única para conocer a Jesucristo y experimentar el gozo de Su obra.