Entre los jóvenes de Zaragoza destacan, por su energía y entusiasmo, Scarleth y Nadieskha Petién, cuya alegría es capaz de contagiar hasta al más pesimista. Uno de sus temas favoritos es compartir sus experiencias como misioneras.
Cuentan que su unión comenzó ya en el vientre materno; como gemelas idénticas que son, han permanecido inseparables en cada etapa de su vida. Para sus padres, ellas representan un milagro tras la trágica pérdida de su hija mayor; su llegada devolvió la luz y la esperanza a un hogar desolado. Esa fe se ha manifestado en sus vidas, pues tanto ellas como su hermano menor han servido como misioneros.
Nadieskha sirvió en la Misión Paraguay Asunción Norte y Sur y Scarleth en la Misión Uruguay Montevideo Oeste. Tras finalizar su preparación en el Centro de Capacitación Misional (CCM) de Argentina, por primera vez en sus vidas emprendieron caminos separados para cumplir con sus respectivos llamamientos misionales.
El servicio misional fue, para ambas, un anhelo del corazón hecho realidad. Recuerdan la admiración que sentían en su Nicaragua natal por la labor de los misioneros al enseñar el Evangelio, y siempre vieron la obra misional como algo sagrado y noble: un servicio desinteresado que exige grandes sacrificios para ayudar a los demás a transformar sus vidas, tal como vivieron sus propios padres al conocer el Plan de Salvación y comprender que podían que su familia podía estar unida para siempre.
Al reflexionar sobre sus expectativas iniciales frente a la realidad de la misión, Nadieskha señala: “Para mí supuso un gran desafío, pero hoy comprendo que me ayudó a progresar”. Reconoce que la experiencia fue distinta a lo que imaginaba y que puso a prueba su fortaleza, ya que nunca se había enfrentado el mundo por su cuenta ni se había separado de su familia ni de su hermana. “Era extremadamente tímida y me costaba entablar conversación con los demás”, recuerda.
Por su parte, Scarleth afirma que la misión superó sus expectativas. Reconoce que es una labor exigente, especialmente ante la indiferencia o el rechazo, pero subraya que es una de las obras más trascendentales de la Iglesia. Para ella, el servicio misional contribuye enormemente a fortalecer emocional y espiritualmente a los jóvenes, afianzando su testimonio y preparándolos para los desafíos de la vida.
Nadieskha aprendió a reconocer que siempre vivimos de la mano del Señor y que Él debe estar presente en todo. Scarleth reafirma lo dicho por su hermana y añade: “La obra no se trata de nosotros; hay personas que sufren en silencio y necesitan el tiempo, los talentos y la dedicación consagrada de los misioneros para hallar esperanza en las buenas nuevas del Evangelio. Aunque no todos lo acepten, muchos encuentran luz y consuelo gracias a la labor de los misioneros”.
Nadieskha afirma haber aprendido a ser independiente, tanto espiritual como temporalmente. Es más audaz en el trabajo, en lo social y en lo cultural. Para Scarleth, la misión transformó su manera de vivir el día a día: ahora es más organizada, perseverante y se mantiene enfocada en sus metas. Ahora sabe cómo fijarse objetivos claros y gestionar su tiempo con sabiduría para alcanzarlos.
Ellas animan a todos los jóvenes a que no se pierdan esta oportunidad, pues es una de las experiencias que más profundamente influyen en la vida y más la bendicen.
Han aprendido que el valor de las almas es grande a la vista de Dios y animan a quienes estén considerando la posibilidad de prestar este servicio a que den este paso: Dios hará el resto. Nadie sale a la misión plenamente preparado, pero al regresar, aunque el mundo siga igual, quien ha cambiado para mejor es uno mismo.