En Navidad, a menudo oímos a la gente hablar de que ya están inmersos en el espíritu navideño, o de que aún no lo están. La expectativa de una “blanca Navidad”, una visita a un mercado navideño y la preparación de regalos o de esa comida especial de Navidad son formas populares de invocar esa legendaria alegría festiva.
Lamentablemente, el verdadero significado de la Navidad suele perderse por el camino. Pude aprender esa lección de manera muy intensa en mi misión. En diciembre de 1997, mi compañero y yo fuimos trasladados a un pueblecito de Gales y nos instalamos allí, donde había un barrio muy pequeño y lleno de amor. Disfrutábamos de nuestro tiempo y trabajábamos arduamente, con la esperanza de hablarle de Cristo a la gente. Durante la segunda quincena de diciembre, notamos que todos los compañerismos, en un ambiente prácticamente competitivo, informaban de dónde y con qué frecuencia los miembros los invitaban a cenar. Casi parecía un deporte: tratar de acumular el mayor número posible de cenas navideñas en esos dos días festivos. Muchos de los misioneros con más experiencia hablaban de lo deliciosa que era la tradicional cena de Navidad y apenas podían esperar a que llegara ese día especial. En medio de toda esa alegría, mi compañero y yo nos dimos cuenta de que aún no habíamos recibido ni una sola invitación. Algo no iba bien, pero tampoco queríamos molestar y seguíamos esperando que alguien nos invitara a cenar. No sucedió nada, y faltaba muy poco para Navidad. Justo antes del día de Navidad, tuvimos una conferencia de zona en la que se reunieron todos los misioneros que servían en Gales. Un espíritu maravilloso impregnaba aquella conferencia, pero lo que nos importaba mucho más a los misioneros eran los paquetes que nos habían enviado desde casa. Con gran emoción, mi compañero y yo regresamos a nuestro apartamento. Desafiando todas las reglas y advertencias de mis padres sobre el paquete, lo abrí esa misma noche. Contenía pequeños obsequios, una carta de mis padres y dulces navideños. ¡Yo estaba encantado! Fue una gran velada en la que los dos disfrutamos de las cosas buenas que nos habían enviado desde casa, con la pequeña salvedad de que todavía no era Navidad.
Tristemente, no habíamos recibido ninguna invitación para cenar la noche del 24 de diciembre. Para colmo, el día 24 era un día de preparación, y teníamos previsto jugar al fútbol con todos los demás misioneros, después de lo cual todos se irían directamente a su cita para cenar. Nos sentimos muy decepcionados al enterarnos de que los otros élderes se habían olvidado de recogernos para llevarnos al evento. Mi compañero y yo caminamos por las calles de nuestro pueblo bajo la lluvia, solo para pasar el tiempo. No estábamos de humor, ni de lejos, para celebrar las fiestas.
Cansados y decepcionados, regresamos a casa por la noche para preparar algo de comer. Recuerdo vívidamente el momento en que entré en nuestro apartamento, con la calefacción averiada una vez más y los paquetes de Navidad de nuestras familias ya abiertos y consumidos hacía tiempo. Amargamente, me quedé de pie en nuestra sala de estar, sintiéndome muy solo e infeliz, y lo único que se me ocurrió fue poner un poco de música navideña. Y así lo hice. Sonaba El Mesías de Händel, y posé la mirada en una imagen de nuestro Salvador y hermano mayor, Jesucristo. En la pared, torcida y sin enmarcar, había una imagen como la que se puede ver en miles de apartamentos de misioneros. Y de repente, ¡era Navidad! Sabía por qué estaba allí; sabía lo que estábamos celebrando y lo que realmente importaba.
He celebrado muchas Navidades maravillosas en mi vida y tengo muchos recuerdos hermosos; sin embargo, es probable que aquella Navidad en Gales, en 1997, fuera mi Navidad más intensa. El verdadero regalo que recibí esa Navidad fue un amor más profundo por mi Salvador y amigo, Jesucristo.
En su mensaje de Navidad de 2021, nuestro profeta, el presidente Russell M. Nelson, dijo:
“Cuando tantos a nuestro alrededor están agobiados por el miedo y la incertidumbre, los invito a que hagan lugar en su corazón para quienes a su alrededor puedan tener dificultades para ver la luz del Salvador y sentir Su amor. Ningún regalo significará tanto como los actos de amor puro que ofrezcan al solitario, al abatido y al fatigado. Son presentes que nos recuerdan a nosotros, y a ellos, el verdadero motivo de la celebración: el don del Hijo de Dios, Jesucristo, que nació para desechar todo temor y dar luz y gozo eternos a todos los que lo siguen”.
Ruego que la Navidad de este año sea una oportunidad para que fortalezcan su testimonio de Jesucristo y para que ayuden a los demás a recibir también ese don. Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.