Marta López Lorente, del Barrio de Molina de Segura, Estaca de Cartagena, creció en un hogar donde el Evangelio de Jesucristo no solo se enseñaba, sino que se vivía.
Sus padres han sido un constante ejemplo de servicio, lo cual sembró en su corazón, desde niña, el deseo de hacer una misión. Sin embargo, en la adolescencia le surgieron dudas sobre si continuar sus estudios universitarios o interrumpirlos para irse. Recibir su bendición patriarcal y participar en el FSY (For the Strength of Youth o Para la Fortaleza de la Juventud) le dieron la claridad que necesitaba, pues fortalecieron su testimonio y la llevaron a tomar la decisión definitiva de consagrarse al servicio del Señor con todo su corazón.
Estuvo en la Misión de Escocia–Irlanda entre 2022 y 2024. Su deseo de compartir el Evangelio, fortalecer su espiritualidad y vivir la experiencia de consagrar cada día al Señor fue el motor que la impulsó a tomar la decisión de embarcarse en esta labor.
No obstante, aunque partió ilusionada, la realidad de la misión fue distinta: “Me costó adaptarme a una nueva vida: un país diferente, otro idioma, una cultura distinta y el hecho de ceñirme a las normas misionales. No es fácil predicar el Evangelio; sin embargo, estos desafíos me hicieron crecer”.
Lecciones que marcaron su corazón
Una de las grandes lecciones de la misión fue aprender a no juzgar por la apariencia y reconocer que todo ser humano tiene derecho a escuchar el Evangelio. Por otro lado, su presidente de misión, cuando ella se despedía del Centro de Capacitación Misional (CCM), le hizo una pregunta que la marcó profundamente: “¿Qué es lo que el Salvador aprenderá sobre ti al verte en el campo misional?” Esta pregunta le ayudó a comprender que la misión transforma tanto a quienes escuchan el mensaje como a quien lo comparte.
Cambios después de la misión
Su regreso a casa no supuso una pausa en su crecimiento espiritual. Al contrario, Marta reconoce que la misión ha transformado su día a día: su comunicación con el Padre Celestial es más constante y profunda, se sumerge con mayor entrega en las Escrituras y siente un anhelo renovado de servir al Señor. Ahora, el templo es una prioridad en su vida y ha cultivado una confianza inquebrantable en Él y en sus propias capacidades. Ha comprendido que todo tiene un propósito y que el Señor guía cada uno de sus pasos al poner su confianza en Él.
De cara al futuro, Marta tiene claras sus metas: desea concluir sus estudios de Magisterio (tras haber iniciado su formación en Pedagogía), formar una familia eterna sellándose en el templo y permanecer fiel en su dedicación al Señor a través de sus futuros llamamientos en la Iglesia.
La misión la ha transformado integralmente: en su hogar como hija, en sus estudios y en su compromiso personal como discípula de Jesucristo.
Un mensaje para los jóvenes
“Yo recomiendo a los jóvenes que hagan una misión”, expresa. “La misión les ayudará a crecer espiritualmente, a escudriñar mejor las Escrituras, a fortalecer su testimonio, a reconocer las impresiones del Espíritu y a entender cómo obra Dios. Además, participamos en el recogimiento de Israel”.
A quienes estén pensando en hacer la misión, les aconseja: si tienen el deseo de hacerla, empiecen a prepararse desde ahora; no esperen a estar en el campo misional para comenzar su preparación espiritual; oren para encontrar respuestas; reciban su bendición patriarcal y léanla con frecuencia; asistan al templo regularmente; participen en las actividades de la Iglesia y rodéense de amigos que les ayuden a permanecer en la senda de los convenios.
La historia de Marta López Lorente nos recuerda que el deseo de servir puede nacer en la infancia y atravesando periodos de dudas, fortalecerse en la juventud para posteriormente convertirse en una experiencia que marca toda una vida. La misión no solo cambia destinos geográficos, sino también corazones.