Mensaje de los líderes del Área

Cuando el cielo parece guardar silencio

A veces hablamos de la Expiación solamente en relación con el perdón, y esa relación existe, de manera gloriosa. Pero la Expiación también es poder habilitador: poder para mantenerse firme, para ponerse en pie, para perseverar y para volver a intentarlo.

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Élder Samuel López Setenta de Área del Área Europa Central

A veces le pedimos al Señor una respuesta específica… que no llega como esperábamos, o que parece que nunca llega.

Hay momentos en que el cielo parece guardar silencio. Y ese silencio puede parecer difícil, como una carga, especialmente cuando nos faltan las fuerzas.

Durante una asignación, compartí una comida con algunos maravillosos jóvenes adultos que estaban preparándose para ser líderes de FSY y aprendí una lección que no olvidaré.

Un joven con un don para la música me dijo que a veces le pide guía al Señor pero no recibe respuestas claras. Así que, incluso con incertidumbre, avanza con fe intentando hacer las cosas lo mejor que puede. Esos “silencios celestiales” pueden ser difíciles, podemos sentirnos perdidos o creer que Dios no nos escucha.

Luego siguió diciendo que un día comprendió algo: en la música, los silencios no son un error, son parte de ella. Dan forma y significado a la obra. Si no hubiera pausas, no habría posibilidad de respirar, ni habría forma: sin ellas no existe la melodía. Y él sentía que, en la “música” del Señor, algunos silencios también tienen propósito: forman parte de una obra mayor.

El Señor mismo enseña que Su forma de hablar no es siempre dramática. De la experiencia de Elías, aprendemos que el Señor no estaba en el poderoso viento, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en la “voz apacible y delicada”(1). A veces incluso se producen pausas. Y durante ese tiempo, el Señor puede estar dándole forma a algo dentro de nosotros: humildad, paciencia, confianza.

Pero el silencio no implica que seamos olvidados.

En Isaías podemos leer: “Yo no me olvidaré de ti. He aquí en las palmas de mis manos te tengo grabada”(2). Y en Hebreos, el Señor confirma: “No te desamparé ni te dejaré”(3). Dios no ama a las personas “en general”. Él ama a Sus hijos uno por uno y conoce los detalles de nuestras vidas y los deseos de nuestras almas.

Es por esto que el Libro de Mormón habla de “las tiernas misericordias del Señor”(4). Son recordatorios pequeños, pero reales, que el Señor nos envía para decirnos “Estoy aquí”. A veces no llegan como solución inmediata, sino como un apoyo: confirmación, luz que vuelve a encender la esperanza.

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Alguien muy especial para mí compartió una experiencia reciente. Tras una larga temporada de “silencios celestiales”, mantener la fe se había convertido en algo difícil. Un domingo no tenía deseos de asistir a la Iglesia, pero escogió seguir su voz interior y dar el paso: estar presente aún cuando su fe era “pequeña”.

Y allí, de una forma sencilla y casi cotidiana, el Señor le mostró una tierna misericordia. Vio a un hombre joven con grandes desafíos repartir la Santa Cena, con la ayuda, el cuidado y el amor incondicional de su padre. Nada espectacular. Nada grandioso. Pero resultó ser un mensaje personal y claro, que le habló a ella en su propio “lenguaje espiritual” para decirle: “Aquí estoy”. Te veo. Sé cómo te sientes. Te amo”.

Y este es el punto clave: esas tiernas misericordias no ocurren por casualidad. Son señales de amor posibles gracias a la Expiación de Jesucristo.

A veces hablamos de la Expiación solamente en relación con el perdón, y esa relación existe, de manera gloriosa. Pero la Expiación también es poder habilitador: poder para mantenerse firme, para ponerse en pie, para perseverar y para volver a intentarlo.

Alma enseñó esto claramente: el Salvador tomó sobre sí “dolores, aflicciones y tentaciones […] a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo”(5). Socorro es ayuda ahora, en el momento correcto, de la manera específica que Él sabe que necesitamos. El Señor no siempre elimina la carga de forma inmediata, pero promete: “Aliviaré las cargas […] para que sepáis […] que yo […] visito a mi pueblo en sus aflicciones”(6).

Si está viviendo un tiempo de silencio celestial y esperando una respuesta que no llega con claridad, no se rinda. No confunda pausa con ausencia.

Algunas veces, el silencio es parte de la música del Señor. E incluso entonces, Él sigue mostrándonos misericordias en los detalles, algunos tan personales que solo nuestros propios corazones pueden entender. Y eso no los hace menos reales, los hace más sagrados.

Porque el Salvador, Jesucristo, no se limita a hablarnos. Él socorre. Él sostiene. Él permanece con nosotros.

Testifico que Su Expiación es real y suficiente, no solo para limpiarnos, sino para fortalecernos cuando no nos quedan fuerzas. Sé que el Padre Celestial no olvida a Sus hijos. Sé que Él está en los detalles. Y sé, por experiencias personales, que incluso cuando los cielos parecen estar en silencio, el Salvador sigue trabajando, a veces usando un lenguaje tan personal que solo nosotros podemos entender. En el nombre de Jesucristo. Amén.


Notas al pie

  1. 1 Reyes 19:11–13
  2. Isaías 49:15–16
  3. Hebreos 13:5
  4. 1 Nefi 1:20
  5. Alma 7:11–12
  6. Mosíah 24:14–15