Nacida hace cien años, la hermana Bocanegra es hija del pintor y escultor José Nicolás y su esposa, Clara Luz. A lo largo de este siglo, su vida se ha convertido en un ejemplo de amor al Señor para su familia y para todas las personas que han tenido la fortuna de conocerla. Clara Iris es madre de seis hijos y disfruta de una amplia descendencia que incluye dieciocho nietos, veinticuatro bisnietos, tres tataranietos y cuatro choznos[1].
Clara Iris ha dejado una huella profunda en generaciones enteras; quienes la conocen saben que su mayor legado no es únicamente familiar, sino también espiritual. Durante su juventud, trabajó en una fábrica textil y, posteriormente, como mayorista de ropa. En 1974 conoció el evangelio restaurado y se bautizó en 1975. Desde entonces, su vida experimentó una profunda transformación: se dedicó a enseñar y fortalecer a quienes la rodeaban, sirviendo como maestra en diversas organizaciones de la Iglesia y como misionera de barrio. Su ejemplo y testimonio fueron una influencia que ayudó a otras personas a acercarse al Salvador y tomar la decisión de bautizarse.
[1] Hijos de los tataranietos.
Su familia recuerda que siempre recibió a sus hijos con amor y esperanza, incluso cuando algunos de ellos se alejaron de la Iglesia, sin emitir juicio alguno. Ese amor silencioso y constante marcó un antes y un después en la vida de todos ellos, ayudándoles a encontrar de nuevo el camino hacia el Salvador.
Durante años, rogó constantemente a su Padre Celestial que pudiera vivir lo suficiente como para ver a sus hijos regresar y permanecer firmes en el evangelio. Hoy, al contemplarla con su familia unida, reconocen que el Señor escuchó y respondió a sus oraciones.
En 1992 emigró a España para estar más cerca de sus hijos y disfrutar de la tranquilidad que el país ofrecía. Desde entonces, ha continuado siendo una influencia de paz y fortaleza espiritual para su familia y quienes la rodean. Quienes la conocen la describen como una mujer pacífica, amante de la lectura, del servicio y de brindar consejo a los demás, buscando siempre aquello que acerque a los demás a la paz del evangelio.
Con motivo de su centenario, su familia organizó una emotiva celebración. El 18 de abril, cuarenta y nueve familiares se reunieron en la capilla para sorprenderla; veinticinco de ellos viajaron desde Brasil, Perú, Salt Lake City y Los Ángeles. El 20 de abril, fecha exacta de su cumpleaños, se realizó una reunión más íntima en la que las hermanas de la Sociedad de Socorro pudieron expresarle su amor y admiración.
Entre las muestras de cariño recibidas, también destacó la visita de doña Begoña Carrasco, alcaldesa de Castellón, y de doña Clara Adsuara, concejala de Bienestar Social y Gente Mayor, quienes le regalaron un hermoso ramo de flores y compartieron con ella un momento muy especial.
A sus cien años, la prioridad de Iris sigue siendo la misma que abrazó desde que conoció el evangelio: permanecer fiel al Señor. Sus palabras reflejan la profundidad de su testimonio y su amor por las ordenanzas sagradas: “Jamás dejes de llevarme a la capilla; ayúdame a permanecer fiel a mis convenios. Mientras yo pueda, llévame siempre a tomar la Santa Cena” —le dice a menudo a su hija.
Tanto para sus hijos, descendientes y hermanos en la fe, Clara Iris es un testimonio viviente de que el evangelio de Jesucristo puede transformar generaciones enteras con fe, paciencia y amor.
Su vida es un recordatorio luminoso de que mantenerse firmemente asida a la barra de hierro y fiel a los convenios es el mayor legado que una madre puede dejar.